Mis preferencias por las artes visuales se remontan a los años de la infancia. Este sentimiento
está organizado y ligado a mi hermano Guillermo. De alguna manera, él fue el transgresor de
aquel mundo familiar y doméstico tan uruguayo de los años 50. Desde la mirada infantil, de
pique, aquello resultó atractivo y distinto. No puedo prescindir, en los recuerdos de aquellos
años, del olor a óleo, del manojo de pinceles, las paletas engrosadas con texturas coloridas,
los dibujos de naturalezas muertas, los retratos, los paisajes. Todo un mundo y un instrumental volcado a producir una transformación: la de la realidad que se miraba, en otra, la de la imagen. Nunca me desprendí de los lápices y pinceles, y aunque de un modo tal vez asistemático, no dejé de dibujar y de mirar la realidad desde una perspectiva que no puede desligarse de esa inclinación por la luz y por las formas. En los años en que viví en España vi mucha pintura, me deslumbré con el arte románico, la gracia de Juan Gris, la fineza de Braque, la exhuberancia de Picasso, y conecté esos hallazgos con aquel mundo aprendido de niña y adolescente. Mis amigos saben de mi permanente y desorganizada recurrencia a una práctica que nunca pude abandonar. En los últimos años realicé un esfuerzo más sistemático, donde es fundamental la presencia de mi hermano Guillermo, quien ha sido y será siempre mi maestro. El resultado es esta muestra de trabajos que no tienen el olor al óleo de mi infancia, ni tampoco son estrictamente manzanas o botellas atrapadas al vuelo de lo mágico, pero son mi modesta y entusiasta experiencia del color y de la forma |
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